Aprendiendo a pelear

- Convivencia entre mujeres

de Carmen Mareike Naumann

Cuando decidí trabajar un año como voluntaria en la OJC pensé: "Este año será fácil", ya que la pasé muy bien los días que pasamos juntas para conocernos y me gustó mucho la comunidad. Pero esta situación cambió radicalmente al poco tiempo después de haberme mudado al castillo que pertenece a la comunidad del Reichenberg.

La realidad

El espacio físico que debíamos compartir - las cinco mujeres voluntarias - era muy pequeño, ni siquiera tenía una habitación para mi sola. Esta situación me confrontó a problemas que nunca antes había tenido. El comportamiento de sueño de mi compañera era muy diferente al mío. Mientras que yo me levanto temprano y además soy ruidosa, a Catarina le gusta dormir más, sobre todo los fines de semana. También a la noche surgieron inconvenientes cuando una quería irse a dormir y la otra todavía tenía la luz encendida o estaba escuchando música.

La explosión

Mucho más me molestaba el caos que reinaba en nuestra habitación. No soportaba ver la ropa ó los cubiertos desparramados y nadie que se haga cargo ni se sienta responsable de eso.

A lo sumo aguantaba el desorden dos a tres semanas - tragando mi enojo - luego de las cuales explotaba y caía en una especie de locura de orden. Con mucho enojo limpiaba y ordenaba mientras sermoneaba a las otras sobre lo que hacían mal. En una pelea que surgió a raíz de estos episodios una compañera me dijo: "Te comportas como una madre con el dedo levantado".

Esa expresión me tocó y me sacudió, ya que nunca me había visto de esa forma ni quería ser así. Siempre pensé que era un ser comunicativo, que podía decir mis opiniones a los demás, pero nunca se me hubiera ocurrido que mi forma de comunicación podría impedir el diálogo y el encuentro

Intenté buscar caminos para salir de esa posición de “madre”. Lo conversé con mi supervisora. Tuve que aprender a no cargar con mi enojo durante tanto tiempo y dejar que los demás se den cuenta solos de lo que debían hacer. Y si tenía que recordarles algo, debía expresarlo de una manera que no sea hiriente.

El descubrimiento

El orden no era lo único capaz de ocasionar peleas. También la forma de pelear complicaba las cosas y aumentaba nuestro enojo mutuo.

Me acuerdo bien de cierta noche: era miércoles. Los miércoles siempre eran muy cansadores para nosotras:Yo había estado amasando 3 kg de masa en la cocina del castillo, Ana estuvo a cargo del grupo bebés, Catarina estuvo todo el día en la oficina y Neli estaba complicada con la preparación de un grupo de adolescentes. Además habíamos establecido el miércoles como día de limpieza en nuestro departamento. Encima a la noche era el encuentro semanal con los demás muchachos voluntarios y los colaboradores. Muchas veces lográbamos agarrarnos de los pelos - justo antes de esa reunión.

Aquel miércoles había discutido violentamente con Ana sobre una pequeñez. Durante la reunión semanal nocturna hablamos un poco sobre lo sucedido, pero sin embargo las cuatro sentíamos que había cosas no resueltas ni habladas entre nosotras. Luego de la reunión formal nos vimos envueltas en una buena charla que surgió de imprevisto. Intercambiamos experiencias sobre nuestras peleas en nuestros hogares, de cómo nos afectaban, en qué lugar nos colocábamos en las mismas y cómo reaccionábamos en peleas con nuestros padres, hermanos y amigos.

Noté que podía decir a otros mi opinión pero no era capaz de escuchar sus opiniones respecto a mi, de eso huía. Esta huida podía ser exteriorizada por ejemplo en dejar el cuarto ofendida, asustada ó furiosa. Internamente podía suceder que me desconectara. Mientras tanto sé que me oculté detrás de esta máscara y que no es justo huir en el medio de la pelea ó discusión. Antes de acostarnos aquella noche, cada una formuló una meta con respecto a las discusiones. Terminamos orando juntas.

No era simple siempre, pero - desde esa noche - en cada discusión me obligaba dejar hablar al otro, a escucharlo realmente y no abandonar el cuarto. Tanto en las reuniones semanales con mi consejera como en conversaciones con otros pude pasar revista a este tema y cambiar de a poco mi esquema de confrontación definitivamente.

Creo que nuestra charla nocturna nos cambió a todas. Desde entonces pudimos hablar más abiertamente de nuestros problemas y si discutíamos podíamos hablar luego para ver cómo nos habíamos sentido.

Hasta mi padre, que no sabía nada de nuestras charlas, me dijo un día que había notado un cambio en mí cuando discutía, que lo podía llevar mucho mejor y no salía corriendo como antes.

La confirmación

Mi abuelo falleció en la segunda mitad de aquel año voluntario. Fue un golpe muy duro para mí. Durante aquel tiempo, en el que me sentía muy mal durante mucho tiempo, mis compañeras de cuarto me apoyaron, me contuvieron, oraron por mi y mostraron mucha sensibilidad.

Antes del entierro me sobrevino mucho miedo. Para llegar a tiempo al entierro, tuve que salir muy temprano a la mañana. Mis compañeras se levantaron conmigo, lo que conllevaba un gran sacrificio, y oraron por mi. Una me llevó hasta la parada del bus y a la vuelta aquella misma noche me esperó en la estación de tren. Fue una experiencia muy enriquecedora ya que noté que entre nosotras se habían formado lazos que no se rompían aunque yo no estuviera bien.

Extraído de: Salzkorn: 1/2009, pag. 38-39.

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