Mi voz cuenta

- Experiencias de año de vida comunitaria en la OJC

por Gerald

Durante su año voluntario Gerald de la ciudad de Mainz era el „Allrounder“ en el centro de jóvenes: hacía trabajos de oficina, limpiaba, además de cumplir con sus tareas en colaborar con grupos de adolescentes y participar en los cultos de la comunidad. En el siguiente informe nos cuenta sus experiencias que de algún modo inexplicable le cambiaron la vida.

Todo comenzó cuando asistí por primera vez al festival de la OJC. Participé en un grupo de reflexión sobre el año de trabajo voluntario en esta comunidad. Enseguida entendí que esto era algo que quería hacer, ya que no solo era un trabajo sino que tenía en cuenta a mi ser humano en su totalidad, mis relaciones con los demás como también la conmigo mismo. Cuando me enteré que tenía que prescindir de una habitación individual por un año pensé: seguramente voy a aprender mucho de eso, no será fácil, pero vale la pena.

La puerta del baño

Realmente fue una aventura convivir con otros tres muchachos en una pequeña vivienda y enfrentar juntos este año.

Algunos conflictos salían a la luz por pequeñeces. Uno por ejemplo fue si la puerta del baño debía permanecer abierta ó cerrada. Recuerdo que tuvimos una discusión muy fuerte, y pronto se reveló que en realidad no se trataba de la puerta.

Para mi era muy importante entender al otro para poder hacer las cosas que él esperaba. Pero yo muchas veces no sabía lo qué quería, aunque - según él - lo había dejado muy en claro. A su vez quería que él me entienda y acepte que sus necesidades no eran claras para mí. No había forma de llegar a un acuerdo.

Para mi era muy duro buscar la comprensión mutua, controlarme mucho y darme cuenta que a pesar de todo el esfuerzo llegábamos a un límite. En lo único que estábamos de acuerdo es que pensábamos muy diferente.

Cuando más tarde me di cuenta que mi compañero olvidaba enseguida esos conflictos, me quedé pensando. Para él no era tan terrible como para mí. Yo gastaba mucha energía para que llegáramos a un consenso pero él no se hacía ningún problema con todo esto. Para mi era difícil estar en la incertidumbre si él tenía o no un problema con esto, ya que él había sacado el tema.

En otras situaciones me asombraba de mi mismo. ¿Por qué era tan difícil para mi conceder algo a mis nuevos hermanos? ¿Por qué no los podía aceptar tal cual eran, y los veía como competencia ó como una amenaza? ¿Por qué me sentía tan apartado, incomprendido y arrollado?

Por suerte tenía un mentor con el cual podía compartir y reflexionar sobre estos temas. Eso me ayudó a reconocer lo que estaba detrás de mis reacciones y sentimientos que hasta ahora habían sidos totalmente ignorados por mi.

Llegada a mi mismo

Siempre supe que todo ser humano tiene heridas en algún lugar. Pero recién ahora me percataba de que yo también tenía heridas. Noté que en lo más profundo de mi ser sentía que no era querido, ni siquiera por Dios. Para mi cabeza era claro ser una persona amada, pero en la vida cotidiana me chocaba con esta realidad que llevaba en mi corazón.

Noté esto en que no me veía como importante para mi mismo, no me parecía que era bueno ni necesario hacerme escuchar ni me parecía importante lo que tenía que decir ó siquiera participar. Prefería dar la razón a los demás que defender y expresar lo que yo pensaba, y por eso no tenía en cuenta mi opinión y prefería hacer y opinar lo que los demás decidían. Pero también me costaba dejar de lado mis opiniones cuando tenía la sensación de que los demás pensaban en forma negativa sobre mí, que yo les podía parecer molesto, engrupido y simplemente no era bienvenido.

En las charlas con mi mentor tomé conciencia de que mis agresiones siempre iban dirigidos en contra mía. Mi reacción inconsciente en momentos de enojo era dejar de lado mis necesidades y no hacerme escuchar diciendo en mi interior: si no les importo a Uds. , entonces tampoco me importo a mi mismo.

Hoy sé que el motivo de mis sentimientos era que no me sentía amado en lo más profundo de mi ser y por eso tampoco podía quererme. Y por eso seguramente me costaba aceptar a mis compañeros como eran.

Practicar lo recientemente descubierto

Hacía bien haber nombrado las cosas por su nombre, traerlas a la luz. Que haya aceptado mis convencimientos íntimos erróneos y mi forma de relacionarme con otros fue el primer paso. Ahora podía comprender lo que sucedía en las distintas situaciones y que el problema estaba en mí y no entre nosotros.

De ahora en más, cuando me enojaba, en vez de dirigir la bronca hacia mí, trataba de tomar en serio mis necesidades y defendía lo que pensaba. Practiqué expresar lo que pensaba y dejar en claro que era importante para mí lo que decía. También intentaba tomar con más moderación a los demás, ya que realmente no era mi responsabilidad cumplir con sus expectativas.

Tal vez todo esto suene sencillo ahora, pero viví en carne propia lo difícil que es convertir los conocimientos aprendidos en experiencias de vida. Porque en las situaciones comprometida mis sentimientos me dicen otra cosa que la razón fría.

Es bueno escuchar que la verdad sobre mi vida no depende de mis sentimientos subjetivos, sino de lo que Dios piensa sobre mi. Que me ama incondicionalmente y que para el me soy 'criatura buena'. Comprendí que es mi decisión aceptar esta buena nueva de Dios y aferrarme a ella. Comprendí que soy injusto conmigo mismo, con Dios y con mis amigos de la comunidad si no aporto mis opiniones, ya que faltaría algo importante.

Extraído de: Salzkorn: 6/2007, pag. 296-297.

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