Una visión para la vida

por Tobias Diekmeyer

Mi voluntariado en la OJC significó para mi: cargar piedras y bolsas de cemento, limpiar mi piso y las escaleras, barrer el patio, montar el tractor, estucar paredes, horas y horas de lavar platos... pero también: compartir un piso con 3 tres hombres en el castillo, muchas fiestas, pequeñas picardías y encuentros de profundidad con los otros del equipo, muchísimos huéspedes, conversaciones regulares con mi mentor, encontrar figuras paternales.

¿A dónde?

Where to go? - esa frase me anoté en los días de introducción. Quería descubrir el llamado que Dios tiene para mi vida. Hasta entonces, había pensado que tendría que ser lo antes posible un misionario o un pastor, porque sólo así podría ser le a Dios una alegría. De ese modo me había sentido bastante apretado por las expectativas que Dios me había puesto en el corazón.

Cuando charlé el tema con mi mentor, se me esclareció, que esas demandas me las había puesto yo mismo y que no correspondían con el amor de Dios ni con la visión que el tiene para mi.

Esas piadosas exigencias no eran más que el intento de darme un valor a partir de mi rendimiento.

Por entonces no tenía una imagen de Dios como un padre bondadoso, que me toma en brazos y que me muestra una lejana imagen en lo que podría desenvolverme; un padre, que me desea lo mejor para el camino y que hasta me acompaña.

Y así – partiendo de la cuestión de mi llamado – rápidamente llegué a otras cuestiones más profundas: la separación de mis padres, el abandono de mi padre. Había venido con la fuerte convicción, que iría a sanar en este año - con ayuda de la comunidad de la OJC - las heridas que mi padre me había dejado. En la charla con mi mentor comprendí muy pronto, que eso sería un trabajo para toda la vida. Librado de aquella ilusión, podía tratar mi tiempo con más libertad y que no tenía que intentar convulsivamente entablar una relación sana con mi padre.

¿Por qué?

Lentamente pude descifrar las imágenes que había dentro de mi. De ese modo podía dejar que las preguntas se desenvolvieran libremente: ¿Por qué no me ama mi padre? ¿Quien soy en realidad? ¿Porque no he tenido, a pesar de mi franqueza, una verdadera amistad con un hombre? ¿Porque me cuesta tanto contar de mi y de mis sentimientos? ¿Porque estoy tan interesado en la aceptación por los demás?

En el trato con los demás me dí cuenta que reaccionaba muy fuerte a muchas cosas y que emocionalmente estaba muy pronto tirado en el piso. Muchas veces me sentía muy lastimado por cualquier cosa – a pesar de que esos sentimientos no tenían relación alguna con los sucesos de lo cotidiano.

En mi tiempo de oración se me vino la imagen de la mochila. Esta “mochila de dolor” pesaba en mi junto con los dolores del presente. Entendí: esta mochila representaba las heridas no curadas del pasado que aún tenían poder, por lo cual aún pequeñas heridas tenían “gran peso”.

No fue fácil aguantar esta y otras imágenes que Dios me mostró en mis tiempos de oración, pero fue un paso importante en mi proceso de curación. Junto con El pude observarlas y no tenía que evadir los antiguos dolores.

Me dí cuenta, que esos antiguos dolores estaban en todo lo que hago y lo que soy. Con los años se habían desenvuelto miedos, que aparecían cuando trataba con personas afianzadas.

Las conversaciones con mi mentor se hicieron cada vez más importantes. Con él podía hablar sobre todo. Las conversaciones me ayudaron a poder comprender mis problemas y luego mencionarlos. Así pude tratarles más fácilmente y entender lo que sucedía dentro de mi.

¿Con quien?

Me dí cuenta que cada vez que me acercaba más a mi mismo, me acercaba más a Dios y a las personas de mi alrededor. Así también cambiaron las relaciones con los muchachos de mi piso. Lentamente, pero de forma segura se desenvolvían verdaderas amistades entre hombres en nuestro departamento. En ellas podía ser realmente franco. Me dí cuenta cuan importantes me eran las conversaciones entre hombres. En estas amistades he madurado. Ellas me acudieron en tiempos del año, en cuales los antiguos dolores parecían sofocarme.

La vida en nuestro departamento fue además un gran desafío para mi. Algunas cosas, que hasta ese momento había contemplado como totalmente normales, ahora aparecían diferentes por los lentes de los otros. De ello me dí cuenta en las muchas discusiones sobre la fe que Andi y yo llevamos a cabo. Mi fe había sido forjada desde mi niñez y desde entonces estaba metida muy dentro de mí. Mientras que Andi se había convertido desde hace poco tiempo y tenía muchas dudas. En estas polémicas maduró nuestra amistad y también mi fe.

¿Para qué?

La “pérdida de mi padre” es algo muy duro para mi, pero igual sé, que Dios quiere crear algo nuevo a partir de esos escombros. No diría que en este año encontré mi llamado, pero sí una visión para mi vida. En el camino de retomar mi pasado y encontrar la cura, creció en mi el deseo de compartir este amor con otros – así como he encontrado muchas personas aquí, que en su amor me fueron un gran ejemplo para ser un hombre a la imagen de Dios.

Extraído de: Salzkorn: 6/2008, pag. 234-235.

Texto de otros voluntarios

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