La OJC: Una comunidad al servicio del Reino de Dios

de Angela Ludwig

Por casi quince años la Comunidad Kairós de Buenos Aires ha mantenido una relación fraternal con la Offensive Junger Christen (OJC) de Alemania, una relación de verdadero enriquecimiento mutuo.

En el presente artículo, una de las líderes de la OJC resume una de sus pláticas durante el IV Seminario Internacional auspiciado por la Comunidad Kairós en Buenos Aires en julio/agosto de 1993.

¿Cómo aprendemos a amar y seguir a Jesús? Casi siempre lo aprendemos por medio de personas en quienes vemos y experimentamos la bondad y el amor de Dios. En mi caso particular, por medio de personas que forman parte de una comunidad interdenominacional que existe con una intención misionera en la región meridional de Alemania. La fe de estos cristianos encendieron en mí y en muchos otros el fuego de una fe personal. Por más de diez años he vivido y trabajado en esta comunidad. Nuestro propósito es comunicarnos con los jóvenes de hoy y llamarlos a un genuino discipulado integral. En 1 Tesalonicenses 2 he encontrado una descripción de nuestro concepto de misión:

Ustedes mismos, hermanos, saben que nuestra visita a ustedes no fue en vano. Más bien, aunque, como ya saben, antes habíamos sido insultados y maltratados en Filipos, Dios nos ayudó a anunciarles a ustedes su evangelio, con todo valor y en medio de una fuerte lucha. Porque no estábamos equivocados en lo que predicábamos, ni tampoco hablábamos con malas intenciones ni con el propósito de engañar a nadie. Al contrario, Dios nos aprobó y nos encargó el evangelio, y así es como hablamos. No tratamos de agradar a la gente, sino a Dios, que examina los corazones. Como ustedes saben, nunca los hemos halagado con palabras bonitas, ni hemos usado pretextos para ganar dinero. Dios es testigo de esto. Nunca hemos buscado honores de nadie: ni de ustedes ni de otros. Aunque muy bien hubiéramos podido hacerles sentir el peso de nuestra autoridad como apóstoles de Cristo, nos hicimos como niños entre ustedes. Como una madre que cría y cuida a sus propios hijos, así también les tenemos a ustedes tanto cariño que hubiéramos deseado darles, no solo el evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias vidas. ¡Tanto hemos llegado a quererlos! Hermanos, ustedes se acuerdan de cómo trabajábamos y luchábamos para ganarnos la vida. Trabajábamos día y noche, a fin de no ser una carga para ninguno de ustedes mientras les anunciábamos el evangelio de Dios. Ustedes son testigos, y Dios también, de que nos hemos portado de una manera santa, recta e irreprochable con ustedes los creyentes. También saben que los hemos animado y consolado a cada uno de ustedes, como hace un padre con sus hijos. Les hemos encargado que se porten como deben hacerlo los que son de Dios, que los llama a tener parte en su propio reino y gloria. (1 Tesalonicenses 2.1-12)

El punto de partida es el llamado de Dios a compartir el evangelio (v. 4);

la motivación es el amor y la compasión por personas (en nuestro caso, adultos jóvenes) que no tienen sentido de dirección ni esperanza (vv. 7, 8);

el contexto es la vida en comunidad, la vida en que se comparte todo, incluyendo vivienda, muebles, cocina, platos, televisor, tiempo, además de necesidades y esperanzas, como idealmente lo hacen el padre y la madre (v. 8);

las herramientas de este "estilo de vida misionero" son la oración, el aliento y la exhortación mutua, con que los unos animan a los otros a vivir "como deben hacerlo los que son de Dios, que los llama a tener parte en su propio reino y gloria" (v. 12).

Un poco de historia

En 1968, en pleno apogeo de la revolución estudiantil, Dios dio a una pareja cristiana la visión de ayudar a la nueva generación a encontrar una fe viva y dinámica. En ese entonces Horst-Klaus Hofmann era el exitoso secretario de la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA) en Wuppertal, Alemania. Ese año él y su esposa Irmela llevaron a cabo una serie de conferencias para presentar el evangelio y mostrar su vigencia en relación con las críticas preguntas de los estudiantes. Los Hofmann compartían sus propios fracasos y esperanzas personales, dialogaban con los jóvenes y buscaban junto con ellos las respuestas bíblicas a los problemas contemporáneos. Una pregunta importante para ellos era: ¿Cómo pueden los cristianos contribuir al cambio en la iglesia y en la sociedad?

Al final del cuarto y último de esos encuentros de fin de semana (del 1 al 3 de noviembre de 1968), varias personas se acercaron a los Hofmann y les preguntaron:

--Durante estos días hemos escuchado sobre una fe cristiana viva y dinámica, pero en realidad todavía no sabemos cómo vivirla diariamente. ¿Podríamos probarlo viviendo con su familia?

Ese fue un gran desafío para los Hofmann, pues tenían cinco hijos que todavía vivían en casa. De todos modos, decidieron abrir las puertas de su hogar a tres adultos jóvenes, a fin de compartir con ellos no sólo el evangelio sino también su propia vida (como dice Pablo en el versículo 8). Dejaron a un lado todas las seguridades normales de clase media, su casa, su trabajo y sus planes para el futuro. Tenían el corazón puesto en jóvenes que estaban perdidos, sin esperanza. Y tomaron conciencia de que ese era un momento especial que Dios estaba dándoles: ¡un verdadero kairós!

Así comenzó la comunidad. Fue un resultado inesperado de un despertar espiritual durante una de las primeras conferencias. En los siguientes veinticinco años la comunidad crecería mucho, con más familias e individuos solteros que se unirían al equipo permanente, con la misma visión y el mismo propósito. Hoy el staff está constituido por veintitrés personas con un compromiso de tiempo indefinido y varias con un compromiso temporal. Desde su iniciación la OJC ha invitado anualmente a unos veinte jóvenes de dieciocho a veinticinco años de edad a pasar un año trabajando y estudiando en la comunidad. El propósito de este "equipo anual" es proveer un espacio donde florezcan la fe, el compromiso y la sensibilidad a las necesidades del prójimo.

Elementos de nuestra vida espiritual

1. Somos una comunidad de aprendices

Los discípulos de Jesús fueron llamados "discípulos", que significa "aprendices". Un discípulo es una persona que se identifica con un maestro, con alguien a quien escucha y observa. El maestro provee dirección y corrección. Cada uno de nosotros comete errores, pero queremos entrar más profundamente en el propósito de Dios para nuestra vida. Por lo tanto, un elemento esencial de nuestra vida comunitaria es un momento diario de silencio, meditación y oración personal, entre las 6 y las 7 de la mañana. Como Dietrich Bonhoeffer --el famoso pastor evangélico sentenciado a muerte por su resistencia a Hitler-- decía, aquél a quien por derecho le pertenece el primer lugar en nuestra vida debe ser el primero a quien escuchamos al comenzar el día. Este momento de recogimiento tiene muchas dimensiones, pero a mí me gustaría mencionar algunas.

Es importante que todo seguidor de Jesús se olvide de sus propios sentimientos (falta de motivación, cansancio, distracción) y busque fielmente cada día la presencia y la voluntad del Señor. Esto es crítico especialmente para una generación dominada por los sentimientos y las emociones, y manipulada por influencias externas. La disciplina de un momento de recogimiento no es legalismo sino una expresión de nuestro compromiso con Jesús y un medio que Dios usa para transformar nuestra vida.

El momento de recogimiento es un tiempo en que Dios hace resplandecer su luz sobre nuestra vida personal y nuestras actitudes. En última instancia, cada persona está sola en la presencia de Dios. Así, animamos a los jóvenes a no huir de sí mismos, a encarar sus problemas reales, sus sentimientos y sus heridas. La mayoría de los jóvenes que vienen a participar en nuestra comunidad hoy día llevan la carga de un hogar roto y no tienen un sentido de su valor personal. Anhelan encontrar sanidad y liberación. El perdón desempeña un papel muy importante. Jesús promete que su verdad nos hará libres (Jn. 8.32). La confesión de pecado personal (algo casi completamente olvidado en círculos protestantes) es una práctica común y corriente en nuestra comunidad. Pero no la enfocamos como un rito religioso a cargo de clérigos exclusivamente, sino como un don que Dios ha concedido a todos los seguidores de Jesús, una oportunidad y una promesa que todos los creyentes pueden hacer suyas para beneficio de todos. También practicamos la confesión en la liturgia de un servicio de adoración semanal que precede la Cena del Señor. En una comunidad como la nuestra, donde hay tantos tipos de personas y temperamentos, es natural que existan muchos conflictos y malentendidos. Por medio de la experiencia del perdón crecemos en el amor mutuo.

Después del momento de recogimiento hay una oportunidad de compartir en grupos pequeños. La verdadera comunión sólo puede crecer donde dejamos que nuestros hermanos y hermanas conozcan lo que pensamos, lo que nos preocupa, lo que nos duele o lo que nos alegra. En el seno de nuestra familia espiritual cada uno se anima a quitarse la "máscara" con que solemos cubrirnos. En el proceso de hacerlo descubrimos quiénes somos en realidad. Cada participante se compromete de antemano a no comentar o discutir con otros aquello que se comparte durante este tiempo especial.

Una tercera tradición de nuestra comunidad es lo que los cristianos del primer siglo llamaban la enseñanza de los apóstoles. Dos veces por semana tenemos reuniones de estudio bíblico en que tratamos de comprender y discernir juntos el propósito de las Escrituras y de aplicarlo a nuestra propia vida y pensamiento. Estamos convencidos de que nos necesitamos mutuamente para entender la Palabra de Dios más profundamente y para descubrir su voluntad para nuestra vida personal y comunitaria. Los asuntos doctrinales no ocupan el lugar central en el escenario: estamos unidos por el propósito común de vivir el evangelio. Nuestro compromiso es seguir aprendiendo el uno del otro, tanto de los "laicos" como de los teólogos.

2. Somos una comunidad de oración

"Por la oración de intercesión participamos en el gobierno del mundo por parte de Dios," escribió el teólogo alemán Tholuck. Además del tiempo de recogimiento, nuestro horario diario aparta un momento para la oración política. A mediodía los miembros de la comunidad vienen de varios lugares para asistir a una reunión de oración por hermanos y hermanas de diferentes lugares del mundo, por sus ministerios y sus países. Intercedemos por quienes luchan contra la guerra, el conflicto, el hambre, el desempleo, la corrupción. Oramos por la justicia y la paz, porque estos son aspectos del Reino de Dios que está por venir. Este tipo de oración es un poderoso medio que Dios nos ha dado para participar en la realización de su propósito.

Una vez al mes todos los miembros de la comunidad nos reunimos para contar las bendiciones de Dios. Cada cual hace memoria de sus experiencias con Dios y de todos los dones que ha recibido durante las cuatro semanas previas. Es un momento para cantar, reír y adorar.

En el Evangelio de Mateo se dice que un maestro es aquel que "se parece al dueño de una casa, que de lo que tiene guardado sabe sacar cosas nuevas y cosas viejas" (13.52). Hemos redescubierto muchas oraciones antiguas que hemos heredado de la historia de la iglesia y que enriquecen nuestra oración personal. Los jóvenes generalmente tienen que acostumbrarse a su uso, pero queremos mantener viva la tradición cristiana y dar testimonio del hecho de que nosotros no inventamos la vida espiritual.

3. Somos una comunidad de celebración

La Cena del Señor es parte de nuestro ritmo semanal de celebración. Pero cada cumpleaños es también una oportunidad para celebrar y dar espacio a la creatividad. La comunidad tiene ahora alrededor de cien miembros, así que hay muchas posibilidades de descubrir los dones especiales de todos: decorar un lugar, tocar música, escribir un drama o un poema, preparar una torta, dirigir un baile folclórico. Cada uno tiene algo con que contribuir. Lo importante es que la persona festejada comparta su celebración con todos los demás.

4. Somos una comunidad de compartimiento

Uno de nuestros lemas dice que "la persona es más importante que el programa". Es un buen lema que con frecuencia citamos en la OJC y es también un concepto bíblico. Pero, ¿cómo funciona? ¡La verdad es que a mí me resulta difícil posponer mis planes para atender a huéspedes inesperados tres veces en el mismo día o para responder a un conflicto o una necesidad que surge repentinamente en nuestro medio! La vida en el mundo occidental se basa en la eficiencia y el éxito. Para la mayoría de nosotros el dedicar tiempo a personas de quienes no esperamos ninguna ganancia es "desperdiciar el tiempo". Todos hemos sido infectados por ese espíritu de nuestro tiempo.

En contraste, nosotros queremos basar nuestra comunidad en valores diferentes. Dios ha llamado a individuos a una relación con él y con el prójimo. Es un Dios que se da a sí mismo a nosotros. Esta es la esencia misma de su naturaleza: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las relaciones interpersonales son el valor central de su Reino. Consecuentemente, la familia extendida (la "Grossfamilie", como la denominamos), que incluye a toda la comunidad, está compuesta por grupos más pequeños de familias ("oikoi"). Cada una de estas "células" está abierta a personas de afuera.

La hospitalidad es un aspecto crítico de nuestra vida espiritual y fruto del Espíritu Santo. El recibir a un visitante o huésped de cualquier lugar del mundo logra un doble objetivo: por un lado, amplía nuestros horizontes; por otro, desafía a los jóvenes cristianos a compartir sus habitaciones, tiempo, fe, pensamientos y sentimientos, no sólo ocasionalmente, sino día tras día. Para quien se ha criado en una sociedad donde la independencia y autonomía individual es el valor más alto, el compartir la vida con otros (muchas veces de un trasfondo social y espiritual totalmente diferente) no se ajusta a las actitudes normales. Los antiguos padres de la iglesia nos exhortan a abrir los ojos para captar la dimensión invisible de la hospitalidad: en cada visitante recibimos al Señor Jesucristo mismo.

En el mundo moderno, en que la familia nuclear es casi anacrónica, es de vital importancia tener una familia extendida y abierta. En una gran metrópolis como Frankfurt, los dos tercios de los "hogares" están constituidos por una sola persona. Los hogares rotos, los padres separados y las familias con un solo hijo modelan nuestra sociedad y los sentimientos de los adultos jóvenes. La soledad y la falta de amor propio es un problema común para esta generación. Toda persona, sea quien fuere, respira este espíritu de una sociedad que absolutiza al individuo y los valores centrados en el yo. Una comunidad cristiana, en contraste, es una alternativa a esta realidad: está llamada a cultivar los valores sociales tales como el trabajo en equipo, la solidaridad, el servicio mutuo, la compasión, la responsabilidad y la dependencia mutua.

En una comunidad como la nuestra los jóvenes encuentran hermanos y hermanas, padres y madres, niños y adultos, estudiantes, artesanos, obreros sin entrenamiento; hay lugar tanto para los ex-punks como para los que se han criado protegidos por un ambiente religioso. Todos necesitan desarrollar la capacidad de relacionarse con el prójimo, el respeto por los demás, la habilidad para solucionar conflictos y enfrentar la rivalidad. Estamos convencidos de que un compañero de pieza o de trabajo que difiere de nosotros es un don de Dios. Mi prójimo me ayuda a tomar conciencia de mis dones y límites, y me desafía a crecer en amor y comprensión. El amor mutuo no es el resultado de una buena organización o cuestión de atracción personal; no es una realidad psicológica sino "neumática", es decir, una obra del Espíritu Santo que no podemos producir sino sólo recibir con agradecimiento.

5. Somos una comunidad de trabajo

Otra característica común de una comunidad integral como la OJC es el trabajo cotidiano. Aun los huéspedes participan. Cada persona pertenece a un equipo de trabajo (construcción, cocina, casa de huéspedes, informatica, publicaciones, jardín, lavandería, etc.). Tal vez los hombres trabajen en la cocina y las mujeres en construcción, pero lo importante es que haya unidad entre el trabajo intelectual ("head-work") y el trabajo manual ("hand-work"). Este es un concepto integral del trabajo. Todos deben estar dispuestos a hacer cualquier tipo de labor.

"Vida nueva a partir de ruinas viejas": este es el marco de referencia de nuestra vida en comunidad. Esto no tiene sólo un aspecto práctico, sino también un aspecto espiritual y una dimensión pedagógica. En los últimos veinticinco años la OJC ha restaurado un buen número de edificios antiguos, incluyendo un castillo medieval y una capilla gótica. Esto brinda a los jóvenes --frecuentemente estudiantes sin ninguna experiencia práctica-- una oportunidad singular de trabajar en equipo, dirigidos por una persona con experiencia. También les ayuda a ganar confianza en sus propias habilidades, a descubrir sus talentos (¡y sus límites!) y a crecer en respeto hacia el trabajo duro.

A veces los jóvenes piensan que el mundo a su alrededor está totalmente predefinido y que no hay nada que ellos puedan hacer para cambiarlo. A la luz de esto, ayuda mucho el ser parte de un equipo creativo y eficaz: le anima a uno a sentir que puede colaborar en la tarea de "moldear el mundo". "¡Esta es mi pared!", "¡Este es mi techo!" Los jóvenes pueden identificarse con el "producto de su trabajo".

"Vida nueva a partir de ruinas viejas": eso es lo que Dios hace cuando nos llama a relacionarnos con él. La vida en comunidad, comprometida con Jesús y con los demás, es una realidad sanadora y transformadora. Durante su año en la comunidad muchos jóvenes encuentran esperanza y sanidad por medio de la reconciliación con Dios, con su pasado y consigo mismos. Estamos convencidos de la necesidad de más comunidades espirituales para más jóvenes, los espiritualmente pobres de nuestras modernas sociedades tecnológicas.